Una copa de vino, intacta. Se resiste a sentir el calor, el frío, los dulces y los agrios. Prefiere saberse limpia, transparente. Aún cuando comprende que serviría para degustar prefiere saberse insípida, se deja ver, se expone pero prefiere conservarse en espera a su antiguo catador o alguno que merezca rozar sus bordes. Permitirá que la tomen, que su interior se agite, que provoque un cerrar de ojos, una visión profunda en su amante. Logra percibir que la habían asignado acompañante. Son dos copas. Pero comparten solo vacío y soledad. Nunca chocaron sus bordes. Nadie cruzó sus brazos para unirlas con un sonoro final.

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