“Por mi culpa,

por mi culpa,

por mi gran culpa

(¡Tres pequeños golpes de puño al pecho!)


Me atrinchero y declaro desde la lejanía, no pienso permitir que sigan opacándome. No pienso absolverla de sus culpas, es más, pretendo recordárselas, acentuarlas. Con el pecho en la tierra pero nunca con la cabeza en un hoyo.

Como si no fuera suficiente imponer que a pocos meses de vida, alguien elija por mi, cuál va a ser el camino espiritual a seguir. Como si fuera poco, debí sumar que en el plan escolar había que asistir as catecismo y aprobar el mismo como lengua. Distaba de ser una formación real, sino poco más que una pretensión de propaganda, un modo de adoctrinar en infancia y adolescencia, donde los pensamientos suelen ser vagos e influenciables.

Desde el inicio confié en sus decires y promesas. Ese hogar que me presentaban como propio, esa ostentación sin recato alguno. Ese lugar donde uno creía encontrar la paz no era más que engaños.

Es macabra la red que se teje, resulta asfixiante. Dos milenios de hegemonía, de control sobre espíritus. Cada fibra esta enlazada casi metódicamente. Nudos de dogmas, costumbres, valores morales. Nudos que se enlazan a la mente de cada fiel y de modo tan intrincado que a fuerza de dientes, apenas logran aflojarse.

No desmerezco a aquellos que siguen, yo seguí. Tome cada uno de sus sacramentos que se toman hasta mi edad. Bautismo, comunión, confirmación. Ya en la última etapa la red se aflojaba. Pero la acción católica ofrecía viajes, experiencias que no podían desaprovecharse. Y uno se escuda en esos representantes rebeldes que logran llegar tocando tus fibras, no pretendiendo de deshilacharlas.

No puedo ignorar que se trata de la institución social más fuerte, consolidada e influyente que haya existido. Pero gozo de la posibilidad de inmiscuirme, de criticar y de lanzar los peores misiles a la iglesia católica. Puedo, porque la misma invade, con persistencia agobiante. Porque proclama censuras sobre terrenos personales y sociales.

Me declaro en guerra con la religión católica y sus jerarquías, con el Papa, el Opus Dei y el celibato sacerdotal. Ante todos aquellos que formaron como poder una religión, ante las “misiones”. Aborrezco su demagogia y se hipocresía, como muchos. Detesto su facilidad de infundir miedo, de someter, de dominar. Esa es su función. Y el armamento mas utilizado es nuestra vida, nuestra muerte y los dramáticos acontecimiento cotidianos. La promesa de un mas allá.

Quienes abusaron de su poder, incluyeron al enemigo entre sus filas, pero sólo para hacerse mas fuertes. Quien no se une, no es digno siquiera de vivir. Se proyecta la falsa idea de un libre albedrío, en el cuál sólo hay una elección positiva, el resto es pecado y debes sentir culpa por eso. En nombre de “La Institución” se cometieron más crímenes y pecados que en nombres particulares. Se perdieron increíbles hombres y mentes.

Cuál es nuestro trabajo en la tierra si el motivo y el fin son uno mismo: Dios. Mientras cada ser humano debe hacer algo para llegar a un lugar que esta por fuera de nuestra compresión y de nuestra realidad. Entonces, me pregunto ¿será por eso que aquellos que dirigen las instituciones olvidan los conflictos terrenales?

Lo cierto es que el pecado que asigno (y sólo para hablar en su idioma y se me comprenda) es el de alistarse en cada puta formación de poder. No proteger siquiera a sus seguidores, por el contrario los derrota o apuntala su derrota. Destrozando cualquier forma de pensamiento desigual, de cultura que no aportara a sus intereses. Socavando cualquier conocimiento que desestabilizara su paradigma. Podría pensarse como un concepto del pasado, como histórico, pero quién puede negar que aún hoy existan estratos que rememoran con anhelo las hogueras de la santa inquisición.

Cada persona que hable conmigo, que lea lo que leo, cada persona que este abierta a mirar lo que miro, formará parte de este ejercito. Ya existen muchas filas alineadas, lejos, cerca, desconocidos. Pero lo cierto es que con sus intromisiones, sus leyes, con sus proclamas, esta guerra se vuelve más simple. La institución se esta debilitando. Se la ve aguardado algún ejercito poderoso al que apoyar para salir airosa, indiferente a los medios que se utilicen ¡total, es ininputable!

Aunque la guerra lleva muchas vidas, yo me sumo. No parece tan lejano el su fin. Hay otras fuerzas que influencian las mentes nuevas y no puede hacer nada al respecto. No merecen estas fuerzas mis respetos, son talvez más feroces y devastadoras que la Iglesia y la religión.

Ya no hay bullicio entre sus filas, lo veo, es sólo la muestra de lo que será al fin de la batalla. Son contados los fieles que siguen las pautas establecidas. Y los creyentes católicos modifican la religión a razón de creer solo en un ente superior, para evitar una angustia existencial, la responsabilidad propia en cada acto o consecuencia.

No quedan predicadores clamando desde el púlpito. Se oye un silencio funesto más que pacífico. El olor es rancio, el aroma a olvido, a viejo. El agua bendita evaporada. Fuera la gente, con un andar muy leve, disfrutando del día, sin temer un futuro penoso a causa de la falta a un domingo parroquial, la no colaboración a causa de una represalia de dios.

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